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Beloved (Fragmentos)

En el 124 había un maleficio: todo el veneno de un bebé.

Las mujeres de la casa lo sabían, y también los niños. Durante años, todos aguantaron la malquerencia, cada uno a su manera, pero en 1873 Sethe y su hija Denver eran las únicas víctimas. Baby Suggs – la abuela- había muerto; los hijos, Howard y Buglar, se largaron al cumplir los trece años… en cuanto bastó con mirar un espejo para que se hiciera trizas (ésta fue la señal para Buglar), en cuanto aparecieron en el pastel dos huellas de manos diminutas (ésta lo fue para Howard). Ninguno de los dos esperó a ver más: ni otra olla llena de garbanzos humeando en el suelo, ni las migajas de galleta esparcidas en línea recta junto al umbral. Tampoco aguardaron la llegada de otro período de alivio: las semanas, incluso meses, en que no había perturbaciones. No. Cada uno de ellos huyó al instante… en cuando la casa profirió el único insulto que para ellos no debía soportarse ni presenciarse por segunda vez.

(…)

Una mujer completamente vestida emergió del agua. Apenas ganó la orilla seca del riachuelo, se sentó y apoyó la espalda en una morera. Permaneció allí todo el día y toda la noche, descansando la cabeza sobre el tronco, en una postura lo bastante relajada para agrietar el ala de su sombrero de paja. Le dolía todo, pero especialmente los pulmones. Empapada y con la respiración poco profunda pasó esas horas tratando de vencer el peso de sus párpados. La brisa diurna le secó el vestido, el viento nocturno lo arrugó. Nadie la vio surgir del agua ni pasó cerca por casualidad. Y de haber sido así, es harto probable que hubiesen vacilado antes de aproximarse a ella. No porque estuviese mojada, o dormitando, o porque su respiración sonara asmática, sino porque para colmo sonreía. Le llevó toda la mañana siguiente levantarse del suelo y atravesar la arboleda, pasando junto a un gigantesco templo de bojes, hasta el campito y luego al patio de la casa gris pizarra. Otra vez exhausta, se sentó en el primer sitio que encontró: un tocón, no lejos de los peldaños del 124. Ahora, mantener los ojos abiertos le costaba menos esfuerzo. Lo consiguió durante más de dos minutos seguidos. Su cuello, de circunferencia no más ancha que un platillo, se ladeaba, y su mentón rozaba el trozo de encaje que bordeaba su vestido.

Las mujeres que beben champán cuando no hay nada que celebrar pueden tener el mismo aspecto: el sombrero de paja con el ala rota suele inclinarse, asienten con la cabeza en los lugares públicos, llevan los zapatos desabrochados. Pero su cutis no es como el de la mujer que respiraba cerca de los peldaños del 124. Ésta tenía una piel nueva, sin una sola línea y tersa, incluidos los nudillos de los dedos.

 

Toni Morrison

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